La selectividad alimentaria en niños con autismo puede convertirse en una de las mayores fuentes de preocupación en casa. No solo por la salud, sino por el desgaste diario: comidas tensas, miedo a que “no coma nada”, presión de la familia, del cole, del pediatra… y esa sensación de estar siempre peleando con algo que, en realidad, debería ser sencillo.
Si estás en ese punto, quiero empezar por algo que cambia la mirada (y baja un poco la culpa): en la mayoría de casos, la selectividad no es un capricho ni una “mala conducta”. Suele estar ligada a cómo el cuerpo percibe la comida (sensorial), a la necesidad de predictibilidad y, a veces, a experiencias previas (atragantamientos, náuseas, malestar digestivo, ansiedad). Cuando lo miramos así, cambian dos cosas: baja la culpa… y aparece una estrategia.
En este post te dejo herramientas prácticas para ampliar alimentos sin presión, con pasos pequeños y sostenibles. No para conseguir “que coma de todo” de golpe, sino para ir ganando terreno sin romper la seguridad. Porque cuando la mesa se convierte en guerra, nadie aprende: ni el cuerpo del niño, ni el sistema nervioso de la familia.
Por qué la selectividad alimentaria no es un capricho
Para muchos niños autistas, la comida no es solo “comida”. Es textura, olor, temperatura, sonido al masticar, mezcla de ingredientes, color, presentación, marca, forma… y también es incertidumbre. A veces el cuerpo lo vive como una amenaza real: “esto me da asco”, “esto me quema”, “esto se me pega”, “esto me hace arcadas”.
Y aquí viene lo clave: si el cuerpo interpreta peligro, el sistema nervioso se defiende. Por eso forzar suele empeorar. La seguridad es el punto de partida. Primero se construye tolerancia. Después, variedad.
1. Comprende el origen (sensorial, ansiedad, motricidad oral, experiencias previas)
Antes de aplicar estrategias, conviene observar qué patrón hay detrás. No para “analizarlo todo”, sino para no ir a ciegas. Cuando entiendes qué le resulta intolerable, dejas de empujar donde más duele.
Posibles causas (y cómo se ven en casa)
- Sensibilidad sensorial: rechaza purés, salsas, “cosas blandas”, alimentos con grumos… o al revés: solo tolera crujientes porque necesita sentir la comida. A veces el problema no es el sabor, es la sensación en la boca.
- Ansiedad ante lo nuevo: necesita que todo sea igual: misma marca, misma forma, mismo plato, mismo orden. Cualquier cambio dispara el “no”.
- Motricidad oral: masticar le cuesta, se cansa, evita carne o alimentos fibrosos. Puede tardar muchísimo en comer o atragantarse con facilidad.
- Asociaciones negativas: si un alimento le sentó mal, vomitó o se atragantó, puede quedar “marcado” y generalizar el rechazo.
- Malestar digestivo: estreñimiento, reflujo, dolor de barriga… A veces el niño no sabe explicarlo y la única forma de “protegerse” es restringir.
Mini-idea útil: en vez de preguntar “¿por qué no quiere?”, prueba con “¿qué parte le resulta intolerable: textura, temperatura, mezcla, olor, sorpresa, masticación…?”. Esa pregunta suele abrir puertas.
2. Antes de cambiar nada: baja el estrés de las comidas
Cuando la comida se convierte en batalla, el cerebro aprende: “comer = conflicto”. Y cuanto más conflicto, más rigidez. Por eso, el primer paso real muchas veces es hacer que la mesa vuelva a ser un lugar seguro.
Cómo bajar tensión sin “rendirse”
- Quita la presión de la cantidad: la meta inicial puede ser “sentarse 5 minutos” o “oler un alimento nuevo”, no “comerse el plato”.
- Ofrece siempre 1–2 alimentos seguros en cada comida. No es consentir: es asegurar que el niño no llega a la mesa con miedo.
- Evita comentarios tipo: “si no comes, no hay…”, “mira tu hermano…”, “qué manías”. Aunque lo digamos agotados, eso suele aumentar ansiedad.
- Ritual predecible: misma hora aproximada, mismo sitio, misma secuencia (lavarse manos → sentarse → comer → terminar). La rutina calma.
- Final claro: para algunos niños ayuda saber que termina: “comemos 10 minutos y terminamos”. Quita sensación de “esto no acaba nunca”.
Si ahora mismo todo está muy tenso, empieza por aquí durante una o dos semanas: seguridad primero. Los cambios llegan después. Y sí: a veces el avance más grande es que la comida deje de doler a nivel emocional.
Un mini-registro que ayuda muchísimo (sin volverte loca)
Durante 7 días, apunta dos cosas (en una nota del móvil):
- Qué alimentos acepta (y cómo: marca, temperatura, forma).
- Qué momento se complica (al sentarse, al ver lo nuevo, al primer bocado, al mezclar…)
Esto suele revelar patrones: “solo rechaza lo blando”, “solo come si está templado”, “si hay prisa se bloquea”, “si el plato está lleno entra en alarma”. Con ese mapa, las estrategias se vuelven mucho más efectivas.
3. La “escalera” para acercarse a un alimento nuevo (sin obligar)
Muchos niños no pasan de “ver” a “comer” de golpe. Necesitan una exposición gradual. Una forma muy práctica es usar una “escalera” de tolerancia:
- Mirar el alimento en la mesa (sin tocar).
- Tenerlo cerca en el plato (aunque sea en una esquina).
- Tocar con el dedo o con un utensilio.
- Oler (si lo tolera).
- Tocar con labios o dar un micro-lengüetazo.
- Morder y escupir (sí, también cuenta como avance).
- Masticar y tragar una cantidad mínima.
- Repetir en días distintos hasta que se vuelva familiar.
Esto evita el “todo o nada”. Y aquí un mensaje que calma a muchas familias: explorar sin comer también es progreso. Porque el objetivo real es que el cerebro deje de etiquetarlo como peligro.
Un ejemplo sencillo (para hacerlo más real)
Si tu hijo solo come pasta blanca, no intentes “ensalada”. Un primer paso puede ser poner un solo guisante al lado. El éxito no es que lo coma: es que lo tolere cerca sin crisis. Después, tocar. Después, oler. Después, morder y escupir. Es lento… pero es sólido.
Señales de que vais por buen camino (aunque no lo coma todavía)
- Deja que el alimento esté en el plato sin retirarlo con pánico.
- Lo mira más, lo toca “por accidente” o lo mueve con el tenedor.
- Se acerca a olerlo sin que tú lo pidas.
- Hace menos arcadas solo con verlo.
- Necesita menos tiempo para sentarse a la mesa.
Son pequeños cambios, sí. Pero significan que el sistema nervioso está bajando defensas.
4. Alimentos puente (food chaining) para ampliar sin romper la seguridad
Una de las estrategias más efectivas (y menos agresivas) es usar alimentos puente: versiones parecidas a lo que ya acepta, con un cambio mínimo cada vez.
Ideas de “puentes” según lo que sí come
- Si come patatas fritas: patatas al horno con forma similar → boniato al horno → bastones de calabacín rebozados.
- Si come yogur de un sabor: mismo yogur con otra marca → mismo yogur con otra temperatura → textura similar (natilla suave) si lo tolera.
- Si come nuggets: nuggets caseros con misma forma → hamburguesa muy parecida → albóndigas (primero con textura muy homogénea).
- Si solo acepta crujiente: introducir crujiente “seguro” (pan tostado, palitos) → después crujiente con “algo dentro” (empanado suave).
La clave es esta: cambios tan pequeños que el cuerpo no entre en alarma. A veces el avance es cambiar la forma, no el sabor. O cambiar el color, pero mantener textura. Observa qué dimensión es la más sensible para tu hijo.
5. Ajustes sensoriales que ayudan de verdad (textura, temperatura, mezcla, utensilios)
A veces no hace falta “convencer” al niño. Hace falta adaptar el entorno y la experiencia sensorial. Adaptar no es rendirse: es quitar obstáculos invisibles.
Trucos pequeños que reducen arcadas y rechazo
- Comida separada: muchos niños rechazan que se mezclen texturas. Los platos divididos ayudan.
- Temperatura constante: hay peques que no toleran cambios (caliente-frío). Mantener la comida templada puede facilitar.
- Textura predecible: si los grumos disparan arcadas, empieza por cremas muy finas o alimentos homogéneos.
- Porciones pequeñas: un plato muy lleno puede abrumar. Mejor “micro-cantidades” (literalmente un trocito).
- Utensilios adaptados: cubiertos ligeros, vasos con boquilla, pajitas si le facilitan… Menos esfuerzo motor = más tolerancia.
- Ambiente sin sobrecarga: menos ruido, menos prisa, luz suave si le molesta la luz fuerte. Para algunos niños, la tele “anestesia” y ayuda a comer; para otros, les desregula. Observa y decide sin culpa.
Importante: si tú tuvieras arcadas con una textura, también querrías una adaptación. No es “hacerlo fácil”. Es hacerlo posible.
6. Rutina y anticipación: que el niño sepa qué esperar
Muchos niños comen mejor cuando la comida es predecible. No porque “se acomoden”, sino porque su sistema nervioso necesita saber qué viene.
- Menú visual simple (aunque sea con fotos en el móvil): “hoy hay pasta + pollo”.
- Regla clara y repetible: “En la mesa puedo elegir entre lo que hay. Siempre hay algo seguro.”
- Tiempo y final claro: “comemos 10 minutos y terminamos”.
- Un “alimento nuevo” a la semana (no cada día). Mejor poco y constante que mucho y frustrante.
En el cole (si el comedor es un problema)
Si en el comedor hay ruido, olores y prisa, es normal que empeore. A veces ayuda pedir ajustes razonables: sentarse en una zona más tranquila, permitir su comida segura algunos días, o tener un adulto de referencia que anticipe cambios. No para “privilegiar”, sino para que pueda comer sin vivirlo como una tortura.
7. Qué NO ayuda (aunque se haga con buena intención)
Esto lo escribo con cariño, porque casi todas lo hemos hecho alguna vez desde el miedo o el agotamiento:
- Forzar, castigar o amenazar: suele aumentar ansiedad y fijar el rechazo.
- Engañar (esconder comida) de forma habitual: si el niño lo detecta, puede perder confianza y restringir aún más.
- Convertir la comida en premio/castigo: crea una relación más rígida y emocional con la comida.
- Comparar con otros niños: no motiva; avergüenza o activa defensa.
- Quitar grupos enteros de alimentos cuando ya come muy poco, sin guía profesional: puede aumentar déficits y bloquear aún más.
Si te estás planteando cambios grandes en la dieta (por ejemplo, retirar grupos completos), intenta hacerlo con apoyo profesional y con un plan que cuide la nutrición y, sobre todo, la seguridad emocional. Y si sospechas que hay base digestiva (dolor, estreñimiento, reflujo), aquí puede ayudarte entender la relación intestino–bienestar desde una mirada prudente: microbiota intestinal en el autismo.
8. Cuándo pedir ayuda profesional (y a quién)
Hay momentos en los que lo mejor es no sostenerlo sola. Pedir ayuda no significa “lo estoy haciendo mal”; significa “quiero hacerlo bien y sin daño”. Puedes valorar apoyo si:
- come muy pocos alimentos (especialmente si son menos de 10–15) y no hay avance;
- hay pérdida de peso, fatiga, estreñimiento severo, vómitos frecuentes o dolor al comer;
- hay atragantamientos, arcadas intensas o dificultad clara para masticar;
- la ansiedad en la mesa es muy alta y afecta a toda la familia.
¿Quién puede ayudar?
- Nutricionista con experiencia en neurodiversidad (para asegurar nutrientes sin pelear con la comida).
- Terapeuta ocupacional (si hay una base sensorial fuerte o dificultades de procesamiento sensorial).
- Logopeda (si hay motricidad orofacial, masticación o deglución).
- Psicología con enfoque respetuoso (si la ansiedad está sosteniendo el rechazo).
Si además notas mucha búsqueda oral (morder objetos, llevarse cosas a la boca, comer cosas no comestibles), aquí tienes un post que puede darte ideas de seguridad y de origen posible: pica en niños autistas: por qué ocurre y cómo manejarla de forma segura.
Cierre
Me gustaría que te quedaras con esta idea: ampliar la alimentación no va de ganar una batalla. Va de construir seguridad, paso a paso, para que el cuerpo del niño deje de defenderse.
Si quieres, cuéntame en comentarios: ¿qué es lo más difícil ahora mismo en vuestra mesa: las texturas, lo nuevo, que solo acepta una marca, el comedor del cole, el estreñimiento, las arcadas…? Cuanto más concreto sea, más fácil es encontrar un primer paso real.
Y para cerrar con una frase clara: la selectividad alimentaria en niños con autismo mejora mucho más cuando acompañamos con respeto y estrategia, que cuando apretamos desde la prisa.


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