Mi hijo no rompe las normas sociales. Solo las cuestiona. Y a veces, yo también.
“¿Cómo estás?”
“Bien, ¿y tú?”
Y seguimos andando.
Nadie quiere saberlo de verdad.
Solo se dice por decir.
Pero si mi hijo no contesta, si no devuelve la pregunta, si simplemente sigue a lo suyo… entonces parece que está mal. Que “no sabe relacionarse”. Que tiene un problema.
Pero el problema no es él.
El problema es un mundo que premia la apariencia por encima de la autenticidad.
Mi hijo no entiende las normas sociales.
Y muchas veces, yo tampoco.
Porque si me paro a pensarlo, muchas de esas normas no tienen lógica.
Son rituales aprendidos que se repiten sin sentido. Y que a los niños autistas se les exige memorizar, interpretar y aplicar… como si fueran códigos secretos.
- “Tienes que decir cómo estás, aunque no te apetezca hablar.”
- “Tienes que sonreír, aunque estés triste o nervioso.”
- “Tienes que dar dos besos a alguien que no conoces, porque si no es de mala educación.”
- “Tienes que quedarte quieto, aunque no lo necesites.”
- “Tienes que compartir siempre, aunque algo sea tuyo y no lo quieras soltar.”
- “Tienes que decir gracias, aunque no sientas gratitud.”
- “Tienes que mentir para no incomodar, aunque tú no entiendas por qué está mal decir la verdad.”
Y si no lo hace, si no encaja en ese guion invisible… entonces vienen las etiquetas:
“Maleducado.”
“Frío.”
“Raro.”
“Antipático.”
Pero no es nada de eso.
Es un niño que simplemente no finge.
Un niño que no entiende por qué hay que hacer lo que no se siente.
Y yo me niego a enseñarle que hay que actuar para gustar, que hay que disfrazarse para encajar.
Una madre me contó que su hijo, también autista, le dijo un día:
“Mamá, si digo lo que pienso, se enfadan.
Pero si no lo digo, me siento mal.”
Y me rompió el alma.
Porque en esa frase está todo el peso de vivir en un mundo que exige máscaras.
Un mundo donde ser sincero se castiga y fingir se premia.
No quiero que mi hijo aprenda a parecer normal.
Quiero que aprenda a ser libre.
Quiero que sepa que hay normas que se pueden seguir…
y otras que se pueden cuestionar.
Quiero que sepa que no tiene que decir “¿cómo estás?” si no le interesa.
Que no tiene que compartir siempre.
Que no tiene que abrazar a nadie por compromiso.
Y que tiene derecho a decir no.
Porque no vine a criar un niño obediente.
Vine a criar un niño auténtico.
Que se conozca. Que se respete. Que se escuche.
Aunque eso a veces incomode a otros.
✨ Y si tú también te has sentido así… si a ti también te agotan esas normas absurdas…
entonces estás criando con conciencia.
Estás mirando el mundo desde otra perspectiva.
Y créeme: eso ya lo cambia todo.
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