Adolescente autista explora la textura de una manta mientras su madre observa sus señales sensoriales con atención

Hiporreactividad sensorial en el autismo y la discapacidad intelectual: no reaccionar no significa no sentir

Un niño se golpea y no llora. Tiene fiebre y continúa con su rutina. Entra en una habitación muy fría y parece no notarlo. ¿Significa que no le duele, que no le molesta o que “aguanta más”? No necesariamente. En algunas personas autistas, especialmente cuando también existe discapacidad intelectual y grandes necesidades de apoyo, la respuesta visible a un estímulo puede ser débil, tardía o difícil de interpretar. A este patrón se le llama hiporreactividad sensorial. Una revisión sistemática publicada en septiembre de 2026 ha puesto el foco precisamente en una población que suele quedar fuera de la investigación: las personas autistas con discapacidad intelectual o del desarrollo. Su mensaje más importante para las familias no es que todas estas personas sean hiporreactivas, sino algo más prudente y más útil: la ausencia de una reacción clara no permite concluir que no exista una experiencia sensorial relevante.

¿Qué es la hiporreactividad sensorial?

La hiporreactividad describe una respuesta reducida, tardía o poco evidente ante determinados estímulos. Puede aparecer en uno o varios sistemas sensoriales: tacto, sonido, temperatura, movimiento, olor, gusto, visión o señales internas del cuerpo. Por ejemplo, una persona puede:
  • tardar en responder cuando la llaman;
  • mostrar poca reacción visible ante un golpe, una herida o una temperatura extrema;
  • no parecer incómoda con la ropa mojada o una postura poco confortable;
  • necesitar estímulos más intensos para registrar el movimiento o la presión;
  • no detectar con facilidad señales internas como hambre, sed, cansancio o necesidad de ir al baño.
Pero hay una distinción esencial: observar poca respuesta no es lo mismo que saber qué está sintiendo la persona. Lo primero es una conducta que vemos desde fuera. Lo segundo es una experiencia interna a la que, muchas veces, no tenemos acceso directo. La hiporreactividad tampoco es una etiqueta global. Una misma persona puede responder poco al dolor, buscar movimiento intenso y, al mismo tiempo, sentirse desbordada por determinados sonidos. Los patrones de hiporreactividad, hiperreactividad y búsqueda sensorial pueden coexistir y variar según el momento, el entorno, la fatiga, la salud o el nivel de estrés.

¿Qué aporta la nueva revisión?

La revisión de Christina Layton y Loisa Bennetto reunió 29 estudios: 15 sobre autismo sin una causa genética específica identificada y 14 sobre síndromes genéticos asociados con autismo y discapacidad intelectual o del desarrollo. El hallazgo principal fue que la hiporreactividad apareció como un patrón destacado en ambos grupos y con frecuencia se acompañó de una mayor búsqueda sensorial. La hiperreactividad parecía menos prominente que en personas autistas sin discapacidad intelectual. Esto amplía un campo que durante años ha descrito el procesamiento sensorial del autismo utilizando sobre todo muestras de niños con lenguaje oral, sin discapacidad intelectual y capaces de completar evaluaciones convencionales. Incluir a personas con perfiles comunicativos y cognitivos diferentes cambia la imagen que obtenemos del espectro. Sin embargo, los resultados no fueron uniformes. Algunos estudios que comparaban perfiles según el nivel cognitivo llegaron a conclusiones contradictorias. Por eso, la revisión no permite afirmar que la discapacidad intelectual cause hiporreactividad ni que todas las personas con este perfil respondan igual.

Un problema importante: cómo medimos lo que no se ve

Muchos estudios utilizaron cuestionarios respondidos por familiares o profesionales. Estas observaciones son valiosas, pero tienen un límite: describen lo que la persona hace, no necesariamente lo que percibe o siente. Además, algunos instrumentos suman respuestas de sentidos y situaciones muy diferentes en una puntuación general. Esa cifra puede ocultar un perfil complejo: poca respuesta al frío, mucha sensibilidad auditiva y búsqueda intensa de movimiento, por ejemplo. Los trabajos que combinaron observación directa con varios métodos detectaron diferencias más específicas. Los autores proponen desarrollar formas de evaluación más inclusivas, entre ellas autoinformes adaptados y medidas fisiológicas. Es una recomendación prometedora, pero todavía no resuelve el problema: no existe una prueba única capaz de decirnos con exactitud qué siente cada persona.

No reaccionar al dolor no demuestra que no duela

Este es el punto que más cuidado exige. Una expresión facial leve, la ausencia de llanto o la continuidad de una actividad no descartan dolor. La señal puede aparecer más tarde, adoptar otra forma o ser difícil de comunicar. En una persona que no utiliza lenguaje oral, el malestar puede manifestarse mediante un cambio de sueño, menos apetito, rechazo de una actividad, mayor necesidad de movimiento, aislamiento, irritabilidad o una modificación de sus conductas habituales. Estas señales no prueban por sí solas que haya dolor. Son pistas que deben interpretarse junto con el contexto y con el estado de salud. Del mismo modo, no conviene atribuir automáticamente al autismo o al procesamiento sensorial un cambio repentino. Si aparece una conducta nueva, intensa o inexplicable, primero hay que considerar posibles causas médicas. Problemas dentales, estreñimiento, infecciones, reflujo, lesiones, efectos de la medicación o alteraciones del sueño pueden expresarse de forma poco convencional. Ante una sospecha de dolor o enfermedad corresponde consultar con profesionales sanitarios; un perfil sensorial no sustituye una valoración médica.

Señales sutiles que las familias pueden observar

Conocer el patrón habitual de la persona es más útil que buscar una lista universal. Algunas preguntas pueden ayudar:
  • ¿Ha cambiado algo respecto a su forma habitual de estar? Dormir peor, comer menos, evitar una postura o perder interés por una actividad puede ser significativo.
  • ¿La respuesta aparece con retraso? A veces el malestar se hace visible minutos u horas después del estímulo.
  • ¿Busca más intensidad? Puede tocar, presionar, saltar o moverse para obtener una información sensorial que registra con dificultad.
  • ¿Hay señales corporales? Tensión muscular, cambios en la respiración, sudoración, palidez, protección de una zona o alteraciones en el movimiento.
  • ¿Se repite el patrón en contextos parecidos? Anotar el lugar, la actividad, el estímulo y lo que ocurre después ayuda a distinguir coincidencias de regularidades.
Observar no significa vigilar constantemente ni convertir cada gesto en un síntoma. Significa dar valor a formas de comunicación que pueden no parecer evidentes.

Qué podemos hacer en la vida diaria

1. Describir antes de interpretar

En lugar de escribir “no siente el frío”, resulta más preciso anotar: “salió al patio con seis grados, no buscó el abrigo y tenía las manos frías”. La descripción concreta permite que familia, escuela y profesionales comparen observaciones sin partir de una conclusión cerrada.

2. Dar tiempo para responder

Una respuesta tardía puede parecer ausencia de respuesta. Después de una pregunta, una instrucción o un estímulo, conviene dejar margen antes de repetir, aumentar la intensidad o asumir que la persona no lo ha registrado.

3. Ofrecer comunicación accesible

El dolor, la incomodidad y las sensaciones corporales también deben estar disponibles en la comunicación. Si la persona usa CAA, su sistema puede incluir palabras o símbolos como duele, pica, frío, calor, mareo, cansancio, parar, más, menos y partes del cuerpo. No basta con incorporar los pictogramas. Hay que modelarlos en situaciones reales, sin exigir que la persona demuestre primero que sabe utilizarlos. Puedes ampliar esta idea en nuestra guía sobre perfil sensorial y calidad de vida.

4. Prevenir riesgos sin retirar autonomía

Si una persona detecta con dificultad el calor, el frío o una lesión, podemos introducir apoyos concretos: comprobar la temperatura del agua, usar temporizadores, revisar el calzado después de caminar, ofrecer recordatorios para beber o establecer una rutina de observación tras una caída. El objetivo no es controlar cada movimiento, sino hacer el entorno más seguro y previsible mientras se mantiene la participación.

5. Buscar la función del apoyo, no una receta sensorial

Una estrategia tiene sentido si mejora algo relevante: vestirse con menos esfuerzo, detectar antes la necesidad de ir al baño, tolerar una revisión médica, descansar mejor o participar en una actividad familiar. No todas las personas necesitan los mismos estímulos ni responden igual a una “dieta sensorial”. La revisión describe perfiles; no demuestra que una intervención concreta funcione para todos. Cuando sea necesario, una valoración individual por terapia ocupacional puede ayudar a relacionar el procesamiento sensorial con actividades reales y objetivos medibles.

Qué sabemos y qué seguimos sin saber

Sabemos que las diferencias sensoriales forman parte de la experiencia autista y que la hiporreactividad parece especialmente relevante en las personas con discapacidad intelectual o del desarrollo estudiadas en esta revisión. Sabemos también que la búsqueda sensorial puede coexistir con una respuesta reducida y que una persona puede presentar patrones diferentes según el sentido o el contexto. No sabemos con precisión qué parte de las diferencias encontradas se explica por la discapacidad intelectual, por condiciones genéticas, por el modo de evaluar o por otros factores. Tampoco podemos inferir la experiencia interna únicamente a partir de la conducta observable. Y no está demostrado que una terapia sensorial concreta produzca por sí sola mejoras generalizables en todas las personas. Cualquier apoyo debe individualizarse, vincularse a una necesidad funcional y revisarse según resultados reales.

Una idea para llevarnos a casa

Cuando una persona no reacciona como esperamos, es fácil pensar que el estímulo no le afecta. La evidencia reciente nos invita a frenar esa conclusión. No reaccionar no significa necesariamente no sentir. Puede significar que la respuesta es distinta, que llega más tarde, que no sabemos reconocerla o que la persona no dispone todavía de una forma accesible de comunicarla. Mirar con más precisión no consiste en adivinar. Consiste en observar cambios, escuchar todas las formas de comunicación, descartar problemas de salud y construir apoyos alrededor de la persona real, no de un perfil teórico. ¿Has observado en tu hijo o familiar respuestas tardías o poco visibles ante el dolor, la temperatura u otras sensaciones? ¿Qué señales os ayudan a comprenderle mejor?

Fuentes y calidad de la evidencia

Fuente principal: Layton, C. y Bennetto, L. (2026). Sensory reactivity differences in autistic people with co-occurring intellectual disability: A systematic review. Research in Autism, 137, 202941. https://doi.org/10.1016/j.reia.2026.202941 Calidad y límites: revisión sistemática de 29 estudios, adecuada para sintetizar el campo. La certeza global es moderada-baja porque los estudios incluidos utilizaron muestras, síndromes e instrumentos muy distintos; muchos dependieron de informes de terceros y algunos resultados fueron contradictorios. La revisión identifica patrones y vacíos de investigación, pero no establece causalidad ni demuestra la eficacia de una intervención. Lectura complementaria: Tavassoli, T. et al. (2026). Sensory Reactivity in Autism: Integrating Behavioural, Affective, Physiological, and Neural Dimensions. Current Psychiatry Reports. https://doi.org/10.1007/s11920-026-01682-4

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